Tuesday, August 15, 2006

Prólogo: Mikel Azkoia, fotógrafo vasco

17 de Julio de 1936

Descargó el equipaje de su taxi y un mozo le ayudó a llevarlo a la mezquina pensión de la Calle Mesonero Romanos, al lado de la Gran Vía. Si todo iba como debería, en los próximos días Mikel iba a hacer el reportaje de su vida. Había salido de su Bilbao natal hacía mas de quince horas y estaba agotado, y las próximas jornadas se prometían movidas. Le dio un real de propina al mozo mientras se instalaba en el cuartucho que el periódico vizcaíno El Liberal le había alquilado para que se alojase durante los próximos cinco días. Parece ser que a la redacción habían llegado rumores de que unos militares de derechas se iban a alzar contra el gobierno recientemente constituido del Frente Popular. Las cosas habían estado bastante agitadas los últimos meses, y en la semana anterior habían adquirido un ritmo vertiginoso. Un teniente de la Guardia de Asalto de izquierdas había sido tiroteado, y, en respuesta, el diputado monárquico Calvo Sotelo también había sido “paseado”. Los dirigentes mas exaltados de la derecha habían sugerido implicaciones de miembros del gobierno en el asesinato, perpetrado, al parecer, por Guardias de Asalto, compañeros del teniente asesinado. Si finalmente se producía el cuartelazo, sería en Madrid donde podrían captarse las mejores instantáneas de las reacciones de los políticos y del pueblo. Ese reportaje gráfico podría ser lo que consolidase la carrera del joven fotógrafo.

Eran casi las once de la noche, demasiado tarde para cenar en la pensión, por lo que Mikel decidió correr con los gastos y cenar algo en una tasca de la capital, de las que abrían hasta la medianoche. Un compañero le había recomendado una dirección, en la cercana calle de Fuencarral. Dado que nunca había estado en Madrid no le sorprendió el silencio sepulcral que reinaba en la siempre bulliciosa Gran Vía. “Casa Aguirre”. Aquí era. La escena que se le presentó ante sus ojos le sorpendió: un grupo de clientes, apurando sus últimos vinos, en completo silencio alrededor del transistor del local. Pero fueron las palabras del locutor lo que hizo estremecerse al joven vizcaíno:

“… repetimos: los conatos de rebelión se han circunscrito únicamente al Protectorado. Nadie, repetimos, nadie, se ha sumado en la Península al tan despreciable iniciativa. Permanezcan a la escucha.”

Y después el silencio, y música clásica, que se prolongaría inquietantemente durante muchas, demasiadas horas.

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