Igualmente irónico era el hecho de que la Legión Extranjera española, compuesta por hispanos casi en su totalidad, luchara ahora junto a los moros contra sus propios compatriotas. Sólo unos cuantos años atrás, los legionarios y los moros se habían estado matando, torturando y mutilando mutuamente en la Guerra de Marruecos, y las fotos sacadas al término de las batallas mostraban a los legionarios sosteniendo cabezas de moros decapitados o montones de orejas cortadas.

Al igual que los moros, que ya no se batían por su propia tierra, los legionarios combatían por dinero y por el puro amor a la guerra. Pero no eran inocentes como aquellos. En su mayor parte eran bandidos, inadaptados sociales, buscadores de gloria, aventureros o personas que anhelaban desaparecer o morir. Y muchos perecieron, en ocasiones a manos de sus propios jefes, que podían fusilarles sin juicio por deserción, cobardía u otros delitos. Los legionarios eran perdedores convencidos de que ya no les quedaba nada más que perder. Y si bien entendían, aunque vagamente, por qué los españoles se mataban entre sí, les tenía sin cuidado. Se habían apartado de la sociedad porque esta rechazaba su simplista concepción de la supervivencia, y los problemas sociales no les preocupaban demasiado.
Su sociedad era la Legión, separada del mundo y sus realidades. El ejército les había dado un hogar, compañeros fidedignos, buen sustento, anonimato, un desvirtuado sentido de la dignidad y un desahogo para sus hirvientes frustraciones: todo lo que un perdedor podía desear. Así pues, no combatían por España ni por Franco, sino por la Legión, que casualmente estaba al mando de este general. Y luchaban hasta la muerte, pues lo mejor de la vida era la oportunidad de arriesgarla. Siendo crueles consigo mismos, eran bárbaros con sus enemigos, y no porque les odiasen, sino porque era una manera fácil de expresar su desprecio contra la civilización, era un final feliz, un sangriento golpe a los fantasmas que les devoraban el alma. Y puesto que matar se había convertido para ellos en un importante estímulo, lo habían transformado en una grotesca forma de arte.
Dan Kurzman
"Miracle of November"