Friday, March 09, 2007

Brunete

6 de julio, 1937
-¡Tú, Peláez!- Vociferó Paredes, el oficial al mando del Primer Pelotón- Vete a Suministros y me traes volando una bandera republicana más grande que esta chapuza. Diles que te mando yo.

-Pero mi sargento –Contestó Peláez, titubeante-, ¿y si se niegan a dármela?
-¡La pintas! Y rapidito, que en veinte minutos empieza la zambra.

De camino al campamento, el soldado iba refunfuñando: -Manda cojones. Cuatro meses de instrucción para andar haciendo recados. Claro que en menos que canta un gallo estaré por fin partiéndome la cara contra esos falangios del pueblo. Menuda papeleta. Casi un kilómetro a campo abierto, a pleno sol. Menos mal que me traje los calzones de repuesto, porque me los van a agujerear.

Ante él, una de las tiendas de mando del cuartel general de la 11, con un banderón enorme ondeando a la entrada. Y nadie de guardia.
-Ahora o nunca- pensó Peláez. Se acercó disimuladamente y la arrancó de un par de tirones. Rápidamente la dobló y se la guardó en el macuto. Echó a correr hacia el punto de concentración.

Cuando Peláez llegó, sudando por el intenso calor, se encontró una multitud considerable rodeando al sargento Paredes, que se estaba dirigiendo al pelotón:

- Bueno, camaradas, las órdenes son éstas: nos acercamos al pueblo por el oeste, respaldados por un par de brigadas al mando del teniente Carrasco, aquí presente, que nos cubrirán hasta la entrada. Cuando estemos delante de las alambradas, dejáis sitio a los dinamiteros y a los camaradas que llevan las mantas para pasar el alambre de espino. Una vez dentro, a correr como cabrones hacia el campanario ¿Estamos? Ahora a esperar la señal.

La tropa se dispuso en un semicírculo rodeando Brunete, pegados al terreno para pasar lo más inadvertidos posible. Peláez se enjugó el sudor de la frente con la manga de la camisa. La temperatura era insoportable. Las chicharras daban su monótona serenata, ajenas a lo que estaba a punto de cernirse sobre el pueblo. En el llano que les separaba de las primeras casuchas podían verse los muertos desperdigados de la infructuosa ofensiva del amanecer, hichándose al sol, plagados de moscas y tábanos. El sonido de las chicharras se vio pronto silenciado por los motores de la aviación que se acercaba desde el norte.

-Los nuestros- pensó Peláez, reprimiendo las ganas de erguirse y levantar el puño, como hacía todo el mundo en los primeros días de la guerra cuando veían un avión propio. Creyó contar seis bimotores, de los que llamaban Katiuskas, rodeados por un enjambre de cazas. Una fuerza considerable.

Los aviones sobrevolaron a las tropas concentradas más allá de las casas, y, cuando pasaron por encima del pueblo, abrieron sus compuertas. Como una lluvia, aparentemente inofensivas, vieron caer las bombas. Los soldados se taparon los oídos. En unos segundos, Brunete se convirtió en un infierno.


Ésa era la señal.

Adelante. Adelante. ¡Adelante! La orden se extendió entre los hombres, que se levantaron y comenzaron a caminar como uno solo hacia el pueblo envuelto en polvo y humo. A medida que se iban cubriendo los metros, el polvo se iba asentando, y salieron a relucir los incendios que se propagaban con la brisa sahariana de la Meseta. Peláez creyó escuchar un disparo. Luego otro, otro; una ráfaga. Los hombres comenzaron a caer. ¡A la carga! La carrera final. Ahora veía claramente la barricada y las alambradas que protegían la entrada del pueblo. Los hombres de la Compañía Especial se separaron del resto. Pelayo y los otros lanzaron sus bombas de mano, silenciando la ametralladora fascista. Peláez saltó la primera alambrada sin mucha dificultad, y buscó con la mirada la manta que sus camaradas habían tendido sobre la segunda. En la barricada se luchaba cuerpo a cuerpo. Los oficiales daban órdenes sin cesar, pero Peláez era incapaz de prestarles atención. Con ayuda de otro camarada, saltó la rudimentaria barricada. Cuando cayó del otro lado, se quedó sin aliento. Vio cómo uno de los falangistas al que habían dado por muerto, apuntó su fusil contra el sargento. Quiso gritar, pero el fascista fue más rápido. Un estallido, y el sargento republicano cayó fulminado al suelo. En seguida las balas leales vengaron al compañero muerto. El italiano corrió al cadáver, negó con la cabeza y continuó avanzando. Fue el cabo Joaquín, al examinarlo, quien dio la buena noticia: -¡Aún vive!- Peláez suspiró, aliviado.

Arrastraron su cuerpo hasta un umbral cercano, a cubierto de las balas que menudeaban desde el campanario. El cabo San Rafael trató de cargar con el cuerpo del compañero caído. Peláez creyó ver lágrimas en sus ojos. Damián le había contado que eran compañeros desde el principio de la guerra, que juntos habían fundado un batallón, y que habían estado juntos en todos los grandes fregados hasta el momento. El joven cabo comprendió que no podía compaginar su responsabilidad con la de llevar a cuestas el cuerpo de Paredes.

¡Peláez!- gritó al soldado- ¡Agárrame a éste y no lo sueltes por nada en el mundo! Se que va contra las normas, pero ésta vez haremos una excepción.

Peláez se llevó el puño a la sien en señal de conforme, y cumplió, no sin trabajo, la orden. Mientras lo hacía, pudo ver cómo el resto de la unidad enfilaba por la calle, arrasando con todo a su paso. Chiflo, uno de sus camaradas del entrenamiento, lanzó una botella de gasolina y al instante se vio segado por una ráfaga rebelde. Pelayo, disparando como un poseso, se abrió paso entre la confusión, y, tras él los demás.

Continuará…

3 comments:

Ronin said...

Fantástico. Dentro de nada la pelicula...no, mejor la serie de TV. Deberías registrar todo esto, Luis, que cualquier día te lo roba un jodido y avaro productor televisivo, de esos gordetes y calvo pero con mucho dinero.

Queremos más

Paolo.

P.D:- A Paredes le salvamos por mis cojones.

jota said...

Esperamos la segunda parte y la resolucion. :D

Luis said...

Bueno, la idea era contarlo para que Héctor no se perdiese, lo de "Continuará" iba por la partida del pasado domingo, pero por lo visto lo acabaré por escrito.

Por cierto, la foto(buenísima foto de acción, a mi entender) es del asalto a Brunete histórico. La he retocado un poquín porque venía en una resolución muy cutre.